Ya a pasado casi un mes desde que corrí
por primera vez una maratón. Mi bautizo en la distancia, fue en la hermosa
ciudad de Buenos Aires. Es por lejos lo más increíble y difícil que he hecho.
Ya más tranquila, puedo pensar bien en
todos los momentos que viví mientras pisaba una y otra vez el asfalto.
Francamente hay varias partes que no
recuerdo bien, he visto fotos y revisado el mapa del circuito y tengo blackouts sobre todo después del
kilómetro 22. Me imagino que luego de
tantas horas y con el cansancio el cerebro simplemente se rinde.
Esta experiencia fue mi debut en varias
otras cosas. Era la primera vez que viajaba sin nadie, tan lejos de mi casa.
Aunque me encontré con gente y compartí con muchos de los chicos del Team, todo el proceso de moverse por la
ciudad, aeropuertos y varios, lo hice yo sola.
Debo decir que en este aspecto, que en
un comienzo me asusté, pensando en todas las miles de cosas que a uno le pueden
pasar: desde perder el vuelo, hasta que te secuestren y todo el drama. Pero la
verdad, viajar en solitario en una experiencia muy enriquecedora. Aprendes a
conocerte mejor, a moverte basado solo en tu sentido común y eso aumenta
muchísimo la auto-confianza. Tener todo en tus manos puede ser abrumador, pero
en realidad no lo es. Es simplemente organizarse, averiguar las cosas importantes
y lanzarse a la vida.
No hay mejor posibilidad de conocer una
ciudad si no es recorriéndola a pie. Tomar tu mochila, un mapa y partir.
Perderse en las calles (yo me perdí varias veces en Baires), escuchar las voces
de la gente, andar en metro, conversar con las personas y ver como es la vida
real. El turismo de hotel lo encuentro nefasto. Eso de andar arriba de un bus
de aquí para allá, tomar un par de fotos y subirse de nuevo para ir a otro
lado. No. El turismo de verdad es lento, pausado, sin prisas, ni buses.
Salir del paradigma de turista muchas
veces puede ser atemorizador. Porque cuando uno lleva todo planeado, contrata
tours guiados y te llevan y traen sin tener que tu preocuparte, uno se siente
algo más seguro. Bien, es justo. Pero eso para mi es como sentirme en la
cárcel.
Recuerdo haberme sentado en la plaza que hay bajo el obelisco, y mirar un buen rato la vida de la ciudad, el movimiento, los ruidos, los gritos. Fue fascinante.
La diferencia entre el viajero y el
turista es precisamente esa. Salir de la zona de confort y “arriesgarte”,
aventurarse a ir a pasear por las calles, sola, con una cámara de fotos,
caminando a paso lento por los diversos recovecos, preguntar direcciones en la
calle, tomar una micro. ¿Ir a un restaurant a almorzar sola? ¡Genial!, ¿ir a un
pub a tomarse un trago y conversar con el barman? ¡excelente! Simplemente porque no han dicho que las cosas
son de cierta forma, eso no quiere decir que debamos hacerlas así.
Pero en fin. Maratón.
La distancia a priori asusta. Siempre.
Como dice un amigo corredor: “realmente te haces consiente de la magnitud de
los 42K cuando vislumbras la posibilidad del fracaso, cuando sabes que la
carrera puede humillarte sin piedad. Solo donde hay miedo aparece el futuro..”
Hoy esas palabras me hacen un mucho sentido.
En ese momento, que a todos les llega,
es donde aparecen los monstruos y las dudas que asustan. Incertidumbre siempre
hay, uno jamás está cien por ciento seguro del camino recorrido, ya que
invariablemente hay cosas que uno habría hecho mejor o que cambiaría.
¿Hay alguna manera de hacerlo más fácil?
No. Dejas atrás todo lo que es seguro y cómodo, y cuando tomas decisión, ese es
solo el primer día. De ahí en adelante solo puede volverse más difícil y cuesta
arriba. Siempre está la salida fácil, decir: “esto no es para mi”, rendirse de
volverse atrás. Por eso hay que estar seguro de que realmente esto es lo que
quieres.
Si bien, no hay forma de hacerlo menos
duro, si hay manera de estar preparado para enfrentarse a los miedos. Ahí es
donde se nota el entrenamiento. Haber dejado los pies en el asfalto, haber
gastado zapatillas, perdido uñas y ganado ampollas. La fatiga es algo que se
practica y se prepara desde antes, ganándose las “condecoraciones” como se le
llama a las cicatrices que quedan posterior a las caídas en la calle.
La suerte solo existe para aquellos que
creen que las batallas se ganan por accidente. Nosotros creemos que es una
decisión. Yo elijo terminar. Elijo correr, ganarme a mi misma y a mis miedos.
Elijo sobrevivir.
Esta es una de esas experiencias que
transforman. No eres la misma persona que comenzó esa carrera, el yo que cruza
esa meta es diferente. Llegas como runner
y te vas como maratonista. Y es algo que tu hiciste, que tu decidiste y
lograste por ti mismo. Nadie te ayudó a enfrentar el dolor, ni el agotamiento,
nadie corrió por ti un par de kilómetros, ni te llevó en brazos para que
descansaras. Fuiste tu. Y aunque miles de voces dentro de tu cabeza gritaban:
¡detente!. No las escuchaste a ellas, sino a la primitiva parte de tu cerebro
que dice: si se puede.
Eso es lo que vuelve grande a este
deporte, independiente del lugar y el tiempo que cada uno haga, cruzar esa meta
nos hace a todos campeones.
Javiera.
Hola.
ResponderEliminarDebe ser extraordinaria una carrera 42K
Para mí 20 K como max; para no morir lesionado bajo el cemento.
Y en BAires? Debe ser todo una experiencia.